Lugar: Hall del Teatro San Martín
(Corrientes 1530).
La muerte de Kurt Cobain, el 5 de abril de 1994, conmocionó a todo el
mundo. Pese a ser un tipo muy contrariado por la fama que había adquirido Nirvana
en todo el planeta, nadie esperaba que tan rápido llegaría una noticia como la
de su suicidio. Algo se había roto demasiado temprano y para siempre.
Charly García, que algo sabe de lo que significa el rock y que alguna antena
tiene para captar las descargas energéticas del universo, apareció
sorpresivamente al cumplirse un mes de la muerte en el Teatro San Martín con el pelo teñido de rubio, en
homenaje al cantante y guitarrista de Seattle, armó y se puso a tocar en el
Hall.
La gente apelotonada coreando los temas, lascámaras de tele buscando dónde ponerse, las
llamadas desesperadas (“¡boludo, está Charly gratis en el San Martín! ¡Ahora!”),
el caos absoluto que era el hábitat natural del Charly de entonces. Para los
que lo vivieron (o lo vieron por TV), la muerte de Cobain será también el
recital en que Charly se plantó para decir “El rock no murió”.
Corrían tiempos de dictadura. Pescado Rabioso, la nueva banda de
Spinetta, cansaba los escenarios de la ciudad con una demoledora fórmula que
completaban Bocón Frascino (bajo), Black Amaya (batería) y Carlos Cutaia
(teclados). En septiembre de 1972, se presentaron en el Teatro Olimpia, que
estaba en Sarmiento casi Esmeralda.
Ese recital quedó en la memoria no solo porque dos temas (“Post
crucifixión” y “Despiértate nena”) quedaron registrados en el documental Rock hasta que se ponga el sol (1973),
de David Uset. También porque los Pescado, con un Spinetta siempre genial, tomaron
la decisión de parodiar el clima represivo de la dictadura de la época con un
clip ficcional en el que un grupo parapolicial acribilla a David Lebón (que había reemplazado a Frascino) y con
una decisión escénica que quedó en todas las retinas: el Flaco subió a escena
con una sirena policial en su espalda. Ese será desde entonces, para muchos, “el
concierto de la sirena”.
En la película aparece además una versión temprana del Pappo solista
que es increíble, haciendo "Trabajando en el ferrocarril" y "El
tren de las 16" en este mismo teatro. Pero esa es otra historia.
Lugar: Catedral Metropolitana
(Rivadavia y San Martín).
Muerte en la Catedral (1973) es
un disco bisagra en la larga obra de Litto Nebbia. Venía de la exitosísima
experiencia de Los Gatos, pero se negaba a encasillarse en los márgenes
acotados de la canción beat. Esa
rebeldía de Litto fue la que, digamos, se canalizó en Muerte en la Catedral tras una serie de encontronazos con la
discográfica RCA.
Rodeado de músicos de jazz (con el Negro González y Néstor Astarita
armando con Nebbia el trío base), el creador de “La Balsa” compuso una obra
compleja, teñida por el espíritu progresivo que empezaba a contagiar al rock de
acá. Eso volvió a Muerte en la Catedral una
de las obras más influyentes de la década que nacía.
Eran tiempos agitados desde el punto de vista social y político: volvía
Perón del exilio, terminaba la dictadura de Lanusse, la guerrilla se debatía
entre bajar o conservar las armas, crecía el enfrentamiento entre la derecha y
la izquierda del peronismo, entre el sindicalismo oficial y el combativo.
Ese clima espeso (que poco después se volvería completamente pesado) se
respira en el disco: “La idea central en Muerte
en la Catedral es que nadie tiene más fe”, dijo Litto a Página 12 en 2013,
cuando se reeditó. “Eso es lo que pasaba en el país en ese momento –recuerda
Litto--, por los milicos, por el sindicalismo, por lo que fuere, había un
descreimiento total”.
La letra del tema que da nombre al disco es profética: “La gente
protege su vida siempre en nombre de Dios. Y el pájaro negro anuncia en su
vuelo un tiempo de tormenta. Dicen que ayer alguien murió en la Catedral. ¿Cómo
harán ésta vez?”
No fue la única vez que músicos tuvieron que presentarse en Tribunales,
pero sin dudas fue la más conmocionante. Los miembros de Callejeros fueron
condenados en 2011 por su participación en la organización (que incluyó coimas
a funcionarios) del recital de 30 de diciembre de 2004 en Cromañón, cuyo
incendio provocó la muerte de 194 personas.
Ahora, Patricio Santos Fontanet, Juan Alberto Carbone, Christian
Eleazar Torrejón, Maximiliano Djerfy y Elio Rodrigo Delgado esperan una
sentencia definitiva, ya que tres años antes, en 2009, habían sido absueltos
por la primera instancia judicial.
En medio del proceso, en 2008, la banda presentó el tema “Guiños”, en
el que dejaba más que claro su postura sobre lo que estaba ocurriendo: “Se
perdió el Sr. Soborno y todos lo están buscando. Allá por los Tribunales, hay
guiños por todos lados. Y la estatua de la entrada tiene los ojos tapados,
porque se cansó de ver a quienes hoy, ayer y siempre, la están violando.”
Aunque el proceso se desarrolló en los tribunales de Comodoro Py, fue
en el emblemático Palacio de Tribunales de la calle Talcahuano en el que se
congregaron varias manifestaciones para reclamar la absolución de los músicos.
El Obelisco da para todo. Símbolo de la ciudad por excelencia, centro
de protestas y manifestaciones, sugerente torre que despertó las más
irresistibles interpretaciones sexuales. Varios temas hablaron del rock
argentino hablan del monumento inaugurado en 1936. Tantos lo mencionan que son imposibles de registrar
todos, pero acá van algunos.
Fabiana Cantilo, curiosamente, lo incluyó en al menos
dos temas: “Muerta de amor” (“¿Qué pasa que
no te encuentro? Salí de abajo del aparador, charlatán de feria, no me digas
que te falta valor... Adiós. Te quedaste con ganas. Ni Van Gogh ni Rodin, sos
un chanta. El obelisco es un adorno más en la ciudad”) y “Obelisco” (“Voy a
hacer una huelga de dos días hasta que un chico aparezca a buscarme. Voy a
hacer una huelga y un quilombo en el Obelisco para que venga a buscarme”).
Obviamente, el monumento como lugar de protesta es ineludible. Hubo
alguna vez una banda muy fugaz, pionera de la movida reggae en la Argentina,
que se llamó Todos al Obelisco, formada en 1987. Ese mismo año es retratado por
2 Minutos: “1987, época de gloria. Una tarde de diciembre hacía mucho calor.
Represión policial. Arde el Obelisco y la policía la pudrió.” Tan directos como
2 Minutos pero bastante más zarpados en la letra, El Otro Yo escupía su bronca
contra el sistema en “Hombre de mierda”: “Vos me chupás bien la poronga. El Obelisco
te lo metés en el orto y me chupás bien la garcha”.
El Cuarteto de Nos lo incluye en “Mírenme”, su retrato sarcástico de
los que se creen triunfadores: “Rey de la disco bailando sin miedo a romperte
un menisco. De tanto mirarte todo el mundo va a quedarse bizco. Hasta el
Obelisco se está arrodillando y la vas gozando como un evasor del fisco. ¿Qué pensás, que la fiesta termina cuando vos te vas?”
“La argentinidad al palo”, de la Bersuit, no podía pasarlo por alto, y
fanfarronea con que los argentinos son “gigantes como el Obelisco, campeones de
fútbol, boxeo y hockey”. Ahí mismo fue donde la banda se terminó de consagrar,
con un show al aire libre ante 50 mil personas en 1999, el año de la explosión
de Bersuit.
Más líricos, también mencionan al Obelisco Spinetta, los Ratones
Paranoicos y Man Ray. El primero se interroga sobre el futuro de estos lares:
“Y cientos de siglos aún después, cuando este laberinto vuele de amor, ¿qué
será de esto? Cielos amarillos sin eternidad y en el Obelisco un himen colgará
de cristales mil”. Juanse canta en “Reina”, igualmente misterioso, “Mi voz te
llevará detrás del Obelisco que alguien nevará”. Hilda Lizarazu, en cambio,
relata más claramente en “El coronel y la poetisa” la historia de un padre y
una hija imposibles de conciliar: “Él siente folklore y mira el Obelisco. /
Ella huele las flores es de San Francisco”.
Ningún recorrido por el Obelisco en el rock argentino puede pasar por
alto ese temazo instrumental que Raíces, el grupo liderado por Beto Satragni en
el que debutó Calamaro a los 17 años, grabó en su primer disco, B.O.V. Dombe, “Hay un funk en la oreja
del obelisco”, que todos (incluido el Salmón) volvieron a grabar 30 años
después.
Un enjambre de hombres y mujeres y autos y colectivos y camiones de
caudales que se vuelve cada vez se vuelve más insufrible. Quizás ningún tema
refleja mejor el ambiente de esa jungla que es el Microcentro en las horas pico
que “Cabeza de departamento”, la furiosa diatriba que Pez incluyó en su segundo
disco, Quemado (1996).
“¡Soy porteño! Cabeza de departamento. / No tengo espacio no tengo
tiempo. / Envejeciendo, trabajando en el microcentro. / Donde arriba sólo hay
cables y abajo cemento”, ruge Ariel Minimal luego de una introducción quebrada
y distorsionada. Mientras uno camina entre cadetes y gerentes apurados no puede
más que masticar la conclusión del tema: “A fin de cuentas estamos pagando alto
el precio / de este puto sacrificio al dios del progreso.”
A fines de los 60, tres jóvenes, Javier Arroyuelo, Pedro Pujó y Rafael
López Sánchez, tomaron contacto con el mítico editor Jorge Álvarez, con quien
decidieron crear uno de los sellos independientes cruciales de los inicios del
rock en la Argentina. Lo llamaron Mandioca, La Madre de los Chicos. En seguida,
se pusieron a reclutar jóvenes talentos.
Así fue como grabaron sus primeros simples Manal ("Qué pena me
dás" / "Para ser un hombre más"), Miguel Abuelo ("Oye
niño" / "¿Nunca te miró una vaca de frente?") y Cristina Plate
("Paz en la playa" / "Para dártelo todo"), una modelo y
actriz que, antes de alejarse de la música por temor a que afectara a su
imagen, se ganó el título de ser la primera mujer en grabar un tema de rock de acá.
El 12 de noviembre de 1968, los tres se presentaron en la Sala Apolo,
en la avenida Corrientes 1382. El sitio Mágicas
Ruinas rescató la crónica que la famosa revista Panorama hizo de la jornada. Allí, con bastante poca comprensión
del fenómeno que nacía, describe a los asistentes como “sobrevivientes de la
tribu seudo-hippie de Plaza Francia, diezmada en parte hace un año por la
tijera policial, numerosos jóvenes de sexos indefinidos con disfraz bohemio y
algunos ‘notables’ invitados especialmente”.
Para la revista, “el trio Manal emitió sonidos ‘beat’ y ‘soul’ con
cierta eficacia neutralizada por la escasa calidad de los temas de su
repertorio. La modelo Cristina Plate intentó cantar con acompañamiento de
cuerdas y otras herramientas musicales: su ‘barroco’ naufragó en una absoluta
falta de sentido de las armonías. Miguel Abuelo, junto a los antimusicales
miembros de un grupo en dispersión llamado ‘Los abuelos de la nada’, tuvo
arranques de histeria entre canción y canción". Como conclusión, entiende Panorama
que “el ‘arte’ de aburrir tiene en ellos a sus estrellas máximas”.
Pipo Cipolatti, líder y principal compositor de Los Twist, es hijo de
un policía. Quizás por eso hizo a comienzos de los 80 lo que parecía imposible:
contar en tono irónico un oscuro secuestro por agentes de la dictadura para
retratar con desparpajo el ambiente de represión que se había vivido hasta
1983.
En el tema “Pensé que se trataba de cieguitos”, el protagonista se toma
un taxi hasta el centro a ver una película de terror que de golpe parece
hacerse realidad. Todo empezó ahí, en la esquina de Sarmiento y Esmeralda, al
bajarse del auto: “compré un paquete de pastillas Renomé. / En eso siento que
un señor me llama. / Al darme vuelta me di cuenta que eran seis, / muy bien
peinados, muy bien vestidos y con un Ford verde. / Pensé que se trataba de
cieguitos / (anteojos negros usaban los seis). / Al llegar me dijeron ‘Buenas
noches. / ¿Dónde trabaja? ¿Dónde vive? ¿Usted quién es?’ / Acto seguido me invitaron
a subir al Ford.”
Después de que “con toda corrección” sometieran al protagonista “a un
breve interrogatorio que duró casi cuatro horas y fracción”, el secuestro,
narrado a ritmo de rock salvaje y festivo, termina al cabo de tres días
–digamos– de buena manera: es liberado, no sin que antes le despacharan un
inquietante “Nos volveremos a ver”.
El tema fue uno de los mayores éxitos de Los Twist, incluido en su
primer disco, La dicha en movimiento,
producido por Charly García en 1983. Aunque al comienzo pocos se animaban a
pasarla en la radio por miedo a las represalias, con el tiempo miles de
argentinos la cantaron y bailaron, a veces sin siquiera caer en la cuenta del
trasfondo oscuro en que había sido compuesta.