La muerte de Kurt Cobain, el 5 de abril de 1994, conmocionó a todo el
mundo. Pese a ser un tipo muy contrariado por la fama que había adquirido Nirvana
en todo el planeta, nadie esperaba que tan rápido llegaría una noticia como la
de su suicidio. Algo se había roto demasiado temprano y para siempre.
La gente apelotonada coreando los temas, las cámaras de tele buscando dónde ponerse, las
llamadas desesperadas (“¡boludo, está Charly gratis en el San Martín! ¡Ahora!”),
el caos absoluto que era el hábitat natural del Charly de entonces. Para los
que lo vivieron (o lo vieron por TV), la muerte de Cobain será también el
recital en que Charly se plantó para decir “El rock no murió”.
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